La mañana amaneció gris, lluviosa, y el estómago me dolía levemente. Era un miércoles de esos que duermen el espíritu, que te hacen desear rodearte de la manta como un fortín y dejar pasar las horas. Aquella tarde tenía una excursión por tierras de Toledo… Y no me sentía con ganas. El día anterior había sufrido una dolorosa despedida, que cerraba una larga e intensa historia.
Así pasé la mañana, pegado al cristal, perdiendo el tiempo en el ordenador. Llegó mediodía y llamé a Carlos. Empecé con una excusa. El estómago me dolía, claro, pero… ¿cuánto era físico y cuánto de mi voluntad? Además, sabía cuánto trabajo podría llevar el arrastrarme en silla por tanto espacio de tiempo. Pero él me convenció. Simplemente me dijo, me hace mucha ilusión que vengas. Y yo acepté.

Llegaron en coche, él. José David y Cristina. Esa señorita de la que estoy perdidamente enamorado y con razón. Fue una sorpresa, se apuntó en el último momento. El primer viaje en el coche fue un tributo al rock, teñido de conversaciones agradables y algo de silencio por mi parte.
Toledo es una ciudad mágica, increíble, llena de rincones repletos de historia y de belleza monumental… pero es un risco, una montaña de calles en picado. Llovía de forma intermitente. Carlos y José se turnaban en mi espalda, sin una queja, sin un mal gesto. Se diría que el espítu maño y el charro combatían por mostrar su ancestral valentía. Nunca se turnaban antes de terminar una de aquellas largúisimas calles.

Y reíamos. Y Carlos repetía a cada rincón lo que todos sentíamos, lo increíble que era aquel lugar. Lo mucho que nos sorprendía. Y seguiamos riendo, aunque nunca llegábamos a tiempo de oír lo que el profesor decía. Asi que, al final de la tarde. sabíamos que había un hombre de palo; que los compartimentos de musulmanes y cristianos estaban separados y que un epigrama es una inscripción en la roca. Poco más. Carlos se llevó el regalo de un enorme charco que le dejó el pie mojado y arrugado el resto de la tarde. Cristina aprendió la alegría de llevar tacones en Toletum. Y nuestro José logró llegar a tiempo a una tienda de mazapanes para hacer un regalo.

La noche llegó y decidimos cenar en Toledo. El profesor nos recomendó un bar, y ahí fuimos. Yo que casi había perdido mi espíritu carnivoro, recuperé de repente los colmillos y devoraba con ansia todas aquellas delicias, exaltado y feliz. Hubo conversaciones castizas, como la cuestión taurina; las hubo marcadamente verduzcas, respecto a la naturaleza del porno; pero al fin, éramos cuatro amigos que se libraban por una tarde del corset de la universidad, para convertirse en cuatro guiris en tierra de castillos.
Lo disfrutamos.
Y en el camino de vuelta, muertos de risa, el gran Príncipe Gitano y su tema “In the guetto” cerró un día magnífico.
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