¿Qué podemos hacer? ¿Acaso se nos dio esta tierra para morirla, para llenar de sangre los ríos de nuestros dioses? ¿No hay nada que hacer? ¿Es la guerra, el dolor y la destrucción el destino natural del hombre?
Acaso todavía una lágrima, un pensamiento, una esperanza sincera, para que ese anhelo no muera en la indiferencia. Por encima de las balas y de las bombas, más allá de las tumbas de los muertos por la absurdidad humana. Muy poco para cambiar nada; mucho para no olvidar que la voluntad de paz es un sueño al que el hombre no puede ni podrá renunciar jamás.
Y yo sueño. Y hago de ello mi vida. Por cada bala que atraviesa el corazón de un pueblo, cien manos deben alzarse para reclamar el fin de la guerra. Por cada insulto cien labios deben gritar su perdón. Por cada derrota, cien mentes deben buscar un día soleado.
La locura, como el absurdo, tienen su propio mecanismo lógico. Por eso es tan difícil escapar del odio. Por eso no basta con lanzar las armas; hay que atraer hacia si a los enemigos. Y entenderlos. Y perdonarlos. Y hacerlos parte de tu mundo. No hay más camino que la vida. No hay más camino que la fe.
Al menos, no para esta lágrima ardiente que abrasa mi mejilla y que me impide mirar en otra dirección. Prefiero mil veces ser un estúpido idealista que muera sin haber visto la tierra prometida que un cuerdo desengañado que jamás se haya atrevido a levantar los ojos de su ombligo. ¿Qué prefieres tú?






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