Me debéis perdonar, apenas hace un par de días salí de mi último examen, que trataba de la filosofía política, así que sigo con un cierto talante barbudo y profundo. Y como al fin y al cabo, no hay república ni administración más compleja que la que forman dos tortolitos, aquí va mi reflexión:
Verdaderamente creo que existen tres modos de amar, según el camino que siga el corazón, y solo uno de ellos es auténtico amor.
El primero es amar en el dolor. Muy propio pero no exclusivo de los adolescentes. El dolor es un gran acicate, un potenciador de sensaciones y de sentimientos. A uno se le cae el mundo cuando derrama una lágrima y la dirige hacía otro, incluso se siente una cercanía majestuosa, tremenda. Pero con cada golpe de tristeza el vacío se agranda, queda una nube oscura, triste y devastadora. Amar en el dolor es alimentar el vacío de un agujero sin fondo.
Un segundo tipo de amar es en la necesidad. A veces, uno ama porque teme, no porque quiere. Y ama con una resignación que es a la vez fuente de dolor y quiebra de los sueños. Se pierde la esperanza y la ilusión; queda solo un silencio amargo. Por su virtud esta forma puede durar años e incluso prolongarse indefinidamente, cada vez más insensible. Mientras que el amar en el dolor tiene por su propia fuerza una tendencia a morir, a la crisis. A veces estas dos formas pueden ser principio de la otra. La necesidad se convierte en dolor o el dolor se convierte en necesidad.
En realidad las dos son, en un último término, la misma. Se ama en el miedo. En ese terrible monstruo de mil caras que nos atormenta. El mayor enemigo del hombre, de su futuro y el del mundo entero.
La tercera forma de amar es en la confianza. En la libertad de entregar y compartir. Respetándose y respetando. Y solamente ese camino lleva a la verdadera felicidad. Solo este puede ser llamado de forma real “amor”. Y por esta senda deben luchar todos los hombres que no se resignen a ser finitos, que quieran ser eternos.
Por aquí nace una de las escaleras de retorno al Paraíso,








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