La oveja se apartó de sus brazos y se alejó cojeando por la senda para reunirse con sus hermanos. Así lo hizo el hebreo. Bajó de aquel montículo y reunió todo su valor para explicarle a su mujer lo que había visto… Y para convencerse a sí mismo de que debía volver y enfrentarse con su destino. Su pelo se había vuelto blanco. Tardó siete días con sus noches enteras en tomar una resolución.
Su mujer y sus hijos le acompañaron. Volvió a tierras del Faraón, a palacio. Él le recibió como a un hermano, menospreciando la importancia de aquel asesinato que él achacó a un momento de locura de Moisés. Pero él no olvidaba la sangre de la oveja. Le habló de su pueblo, de lo que él había visto. Le rogó que lo liberara, por los años que habían pasado juntos y por el amor que le profesaba. Él se negó. Le tomó por loco y quiso que los médicos de palacio le atendieran para que recobrara el buen juicio.
El hebreo repitió su destino. Solo hay un camino, dijo, y cualquier otra senda no hará sino retrasar lo inevitable. El faraón montó en cólera. Y Moisés le mostró el poder de la vida, creyendo que aquella demostración ablandaría el corazón de su amigo y le permitiría cumplir su misión. Nada más lejos de la realidad. Le echó de aquella sala, y le advirtió que en ocasiones siguientes no sería tan misericordioso.
Moisés vagó por el erial de su alma, rechazado, inseguro. Vio el sufrimiento de sus hermanos, el dolor constante al que eran sometidos, la inanición, la vergüenza. Empezó a hablar con ellos, a comer con ellos, a dormir con ellos. Y su dolor empezó a resquebrajar su alma, a dinamitar su paciencia. Cuando volvió a ver al faraón, nada quedaba de aquella humildad y de aquel ruego con el que se había acercado en su primera ocasión. Era la rabia, una rabiosa determinación la que aferraba su cayado. Sus exigencias fueron acogidas con burlas. Y entonces él alzó su cayado y le enseñó el poder de la muerte.
No era Dios quien dirigía aquel cayado. No era el destino ni la verdad. Era un corazón herido, un alma perdida con una responsabilidad demasiado grande. Aquellas plagas, que tanto eco encontraron en los predicadores que las sucedieron, que crearon incluso un Dios terrible, vengador, no eran más que un error, un maldito error. La sangre de aquel río era la sangre de la oveja, como las pústulas el rostro desfigurado de su alma. Y a cada ocasión, Moisés acudía al faraón para pedir la libertad de su pueblo. Y, con cada negativa, iba ahondando en aquel negro vacío, acortando aquella esperanza de redención.
Cuando el faraón accedió, el hebreo apenas sintió alegría. El daño era tanto y la vergüenza tan grande, que a veces solo seguía caminando por la responsabilidad que le habían concedido. A veces, la sonrisa confiada de su hermana era capaz de arrancarle una mueca, un pequeño respiro de felicidad. Y otras la mirada de una niña era el único consuelo para aquel extranjero de ningún sitio.
Tomó consigo aquel pueblo, con sus fardos y su miseria, y juntos comenzaron una ardua travesía a través del desierto. Dios abrió el mar Rojo para ellos. Solo los que creen podrán pasar este muro. Y las aguas se cerraron para el resto. Para los egipcios que les habían perseguido de forma incansable, dirigidos por la furia del faraón. Pero también para muchos hebreos. Cuando vio aquel mar cerrarse, Moisés lanzó su bastón y comenzó a gritar, a llorar y arrancarse la túnica. Aquellos gritos recibieron el silencio de su pueblo, incapaz de asimilar aquel hecho, incapaz de llorar siquiera a los hermanos perdidos.
Fue su hermana la que acudió primero, y llenándole el oído con palabras de consuelo levantó su cayado. “Es tu destino, hermano. Condúcenos hacia la libertad. Hacia la tierra donde manan la leche y la miel, donde encontremos un hogar, y podamos ver la luz de un nuevo día”. El hebreo levantó la vista. Sus ojos se habían secado y aquella determinación le empujó a seguir caminando.

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