La revolución, sí es que de algún modo llega a producirse esa revolución que ha adoptado el nombre de “Spanish Revolution”, empieza ahora. No en la semana que los miles de jóvenes —y no tan jóvenes— manifestaron su espíritu a lo largo de las plazas del mundo, acampando sus sueños llenos de ilusión y esperanza. Sino ahora. Cuando las urnas han arrojado un navajazo en las mismas entrañas del movimiento y las dudas y el desencanto comienza a aflorar en muchos hombres y mujeres.
Porque esta lucha no podía ganarse en siete días, no debía ganarse en siete días. El resultado de las elecciones, dejando a un lado el desencanto, era previsible. Y lo era porque, como me decía sabiamente mi hermano, un joven con cabeza de sexagenario, para haber funcionado en estas elecciones el movimiento debía haber comenzado hace un año o dos, con el tiempo suficiente para elaborar un movimiento estable y con propuestas fuertes.
Ahora es el momento de conocer el alcance de este movimiento, saber si se trata del rugido de un león dormido o de la pataleta de un niño. Cualquier llama es buena en un tiempo en que el silencio se lleva nuestros derechos, pero sin oxígeno, sin el bombeo constante de ideas y nuevas demostraciones de espíritu, estos días que han asombrado al mundo —y que han llenado de orgullo a muchos que, como yo, contemplábamos con cinismo el devenir de España—quedarán en papel de borrajas, tragados por el incesante rodar del bipartidismo español.
Ahora toca tragar saliva y mirar al frente, organizar y seguir luchando, por mucho que el destino de las elecciones generales quede, hoy en día, muy lejos. Esta revolución ha demostrado tener corazón, ahora le falta demostrar que tiene agallas y que tiene rostro, que tiene cabeza y tiene una dirección. Tarde o temprano esta revolución necesitará, quiera o no, politizarse, encontrar un camino en y por la democracia que pueda arrastrar al pueblo entero hacia una nueva reestructuración de la vida democrática. Pero de momento necesita fe, y a raudales, porque le espera una travesía en el desierto y el silencio, o el cinismo, de los que como yo, nos sentimos muy lejos de querer compartir el fardo —el desengaño de la humanidad es una enfermedad muy contagiosa—.
Quizás un día el Sol de esta revolución sea tan poderoso que vuelva a llenar de luz los rincones oscuros de España. Quién sabe. Al menos, tengamos el valor de imaginarlo durante un instante siquiera, y que las armas del espíritu hagan el resto.

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